El quirófano está en penumbra, sujeto la pierna, soy la ayudante quirúrgica de Ricardo (el Dr. Urrutia), hace nada que ha empezado la artroscopia de rodilla. Miro con ansia el monitor. Allí una imagen redonda sobre negro me señala lo que ocurrirá en un momento, lo sé. Sitúo mentalmente el fémur -imagen redondeada- arriba, la tibia imagen plana, en la parte inferior. En medio un menisco interno dañado, roto. El basquet (una pinza larga con una boca afilada en la punta) se acerca. Se sitúa enfrente el menisco roto y…
Empieza a sonar la música de Tiburón. (Sólo en mi cabeza). Tiririru, tiririru, tiririru, chan, chan, chan. Fin del menisco roto.
(Te animo a que le des al enlace y releas la intro, seguro que te perturba.)
Siempre he sido de colocar una música en escenas puntuales de mi vida. Pero desde hace unos días, me emociona un hecho que quiero compartir contigo.
Una road movie.
Era el último sábado de agosto, serían las diez y poco de la mañana, el sol a esa hora todavía nos daba una tregua. Como decía mi abuela Remei: » El sol de finales de agosto, ya no brilla tanto como lo hace en julio». Diez minutos antes Rita y yo emprendíamos un viaje de casi dos horas. Había decidido que hoy no me apetecía conducir rápido, no había prisa, me centraría en la carretera, las vistas y mi playlist Xules2025. Es una ventaja de sentirse siempre la prota del anuncio de BMW: ¿Te gusta conducir? ¡Me encanta!
Carretera de dos carriles, rectilínea a lo ruta 66, velocidad permitida 120. Y a mí de daba igual, no pasaba de 90. Gafas de sol, musiquilla, carretera y manta. A lo lejos en el infinito, vi un poco de retención, los coches de la derecha frenaban sistemáticamente y adelantaban algo que iba lento. ¿Sería un tractor, un camión de gran tonelaje?
Le adelanto.
Me acerco con cautela a mi velocidad de 90. Con sigilo empiezo a ver un coche tipo berlina negro, a modo de procesión, todo los coches frenan, intermitente y le rebasan. Cuando estoy cerca, reconozco la marca, un Mercedes negro Clasic de finales de los 2000 CL 600. Inconfundible por las luces asimétricas delanteras. Reconozco dos siluetas, piloto y copiloto. No van a más de 70.
Al superar el coche veo la imagen, no dura más de un instante, pero se grava a fuego en mi retina.
Era un conductor de unos setenta y pocos años. Me fijé en la extrema delgadez, esa delgadez que todo el mundo reconoce como que algo grave te está ocurriendo, en la nariz portaba una sonda nasogástrica. (Un tubo con un contenido blanco). Ese tipo de alimentación, la nasogástrica, es necesaria cuando alguna enfermedad (una cirugía por algún tipo de cáncer) no permite comer de forma correcta. Eso lo distinguí en un momento.
Aún mientras le adelantaba, comprobé que llevaba una mascarilla quirúrgica medio bajada. (Ni la nariz ni la boca iban cubiertas.) La ventanilla del coche un palmo bajada y de su mano izquierda colgaba un cigarrillo.
Un cigarrillo.
Me pareció épico.
Sábado por la mañana, acompañado de alguien a quien quería, en su coche impecable, a velocidad crucero, posiblemente escuchaba algo de música y fumándose un pitillo. A saber cuanto tiempo se había pasado ese señor en el hospital batallando con su enfermedad. Seguro que consiguió o bien un permiso de fin de semana o bien decidió que otra fase había llegado. El momento de estar en casa con los suyos y esperar a que todo acabara. Y sabes qué? Que me emocioné, me pareció conmovedor ver esa escena y di gracias por haberla percibido. Porqué a veces vamos por la vida sin fijarnos en nuestro alrededor. Y era un perla.
No llegué a llorar, pero mis ojos se humedecieron un poco y medité un poco más.
Si tu hubieses atendido ese paciente, veinte años antes…
La juventud desbocada de una médico jovencita e intensita, reprimenda e intentar convencer de hacer lo correcto a alguien que tenía los días contados.
¿Con que cabeza loca una novata podía dirigirse a alguien sufriendo en ese delicado momento? ¿A caso no podía acabar sus días ese hombre como gustara? Silencio y respeto. Nada más.
Años, la serenidad que dan los años, siendo médico y viviendo. Recordando a todos mis seres queridos que tuvieron que marchar de manera precipitada, o pudieron contar con un tiempo precioso para despedirse de todos. Josep, Miquel, Jordi, Maite y Mario.
El final del verano.
Esa misma semana, traspasó Manuel de la Calva, del Dúo dinámico, qué mejor momento de nostalgia y cariño que recordar esa escena con esa dulce canción.
Además de comprender la necesidad de morir como a uno le guste, he aprendido a pasar de puntillas al lado de alguien que quiere intimidad en el hospital en mal momento. Unas veces tendiendo la mano, otras simplemente con una mirada de comprensión. Observar. No decir nada. No romper ese instante de aceptación, serenidad y un poco mágico. Acompañar y poco más.
(Y ya si te apetece más emoción, reléelo todo con el Dúo dinámico de fondo. Pincha en el título.)
A partir de ahora, cada vez que escuche El final del verano, pensaré en él y el modo tan digno de partir.
Hasta pronto familia.
Sabéis que hace mucho que no me leéis. Mi vida se ha parado un poco para mí. Llevo más tiempo de baja que cuando parí a mi Rita. Espero y deseo recuperar la salud pronto. Yo intento ser una buena paciente. Deseosa de volver a mi trabajo y repartir salud, como dice mi buen amigo Petrea Iftimie.
Y si por lo que fuere, no fuese posible, intentaré reinventarme de nuevo. Los Miranda, las Miranda ya lo tienen. Mi hermana Inés siempre suelta: «En peores plazas hemos toreado.»
Solo os puedo desear salud y amor del bueno. En mayúsculas. SALUD y AMOR.
Espero te haya gustado.
Ahí va una batallita Miranda, una reflexión sobre la vida. Si te apetece, la lees, si te emociona, la puedes compartir. Siempre hecho con Amor, Miranda Trauma. ♥
Lee más.
Aquí tienes otra Batallita Miranda por si tienes ganas de más. Perfume y serendipia. Otra con un poco de Road Movie.
Se me olvidaba, a veces escribo sobre trauma. 😉
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Y he escrito un libro: Tengo los huesos desencajados.
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