El otro día prescribí a una paciente algo de lo más peculiar:
Dos horas libres a la semana.
Así, como suena, por orden facultativa. Dos horas libres a la semana para ella. Era la madre de un niño de doce años, a medida que me explicaba su día a día, hablaba entrecortada, sin tiempo para respirar: el trabajo, las tiendas, el coche, los desplazamientoes, los horarios, la casa, las comidas, la ropa, el cuidado del niño, las extraescolares.
Empezó a relatar una retahila de dolencias osteomusculares: cuello, hombros, brazos, manos, contracturas, dorsalgia y lumbago.
Yo la escuchaba en silencio, y simplemente asentía mientras, me sentía identificada en otra época de mi vida.
Y cuando pensaba que había terminado: la guinda del pastel: ese magnífico sentimiento de culpa forjado a fuego en las mujeres, por no sentirse perfectas: no entreno, no me cuido, no hago dieta, mira que gorda estoy!
Entonces, mi corazón me dio un vuelco. ¡Con todo lo que tenía encima! Tenía la necesidad de ser una modelo perfecta, esbelta y trabajada de gimnasio. El acabose. Y vi que lo que más necesitaba esa mujer, con la que podía haber tomado un café y ver un capítulo de los Bridgerton… era dialogar, no sentirse sola, no exigirse más, quererse y PARAR.
Como acuñó a fuego Lucía Galán: era una madre maravillosa. Y no se daba cuenta.
Si su vástago no hubiese estado presente, el tema marido, deseo sexual y falta de ganas hubiese llegado de inmediato.
No hace falta ser muy listo para ver que ante esa situación, si no te agradas, no llegas, no estas para nada…
Pero en vez de eso, utilicé al niño como notario. Dile a tu papá que he sido yo, que por orden de la doctora Miranda, tu mamá necesita un respiro para cuidarse.
Delegar. Fase uno de mujer y cuidado.
Tenemos un nivel de autoexigencia tan alta que nunca nadie hace las cosas mejor que nosotros.
O bien no tenemos paciencia para enseñar cómo lo queremos.
Puede que la asistenta contratada en casa no sea de diez, pero un notable es ya un respiro.
Y que el outfit escogido por el padre de tu hijo… no sea para acudir al desfile de la Madrid Fashion Week, o quizá de tan disruptivo, sí.
Resbalar. Fase dos de mujer y cuidado.
La montaña de la ropa limpia, la montaña de la ropa sucia.
Si me quito las gafas con cinco dioptrías puedo disfrutar de un capítulo de Lecciones de química sin sentimiento de culpa. Una perla regalada por Lola una amiga y enfermera del trabajo.
Marie Kondo ha hecho mucho daño, suerte que con dos hijos, Marie pasó a decir aquello: donde dije digo, digo Diego. Marie Kondo se equivocó.
Y ni hablar de los interioristas sin descendencia, minimalistas, de sofás blancos, cristaleras infinitas y sin ninguna necesidad de almacenaje.
Autocuidado. Autoestima.
Haz pesas, camina, respira, descansa, apaga el móvil. Aprende a decir NO. Nada de culpa.
Cocina si te relaja como a mí, baila con música loca al ritmo de Harry Styles como Paco* y yo. *(Paco es el loro de mi marido.)
Regálate música relajante y un baño de burbujas. (Aún con sequía…)
Ve a la peluquería por placer, no porqué toca. Depílate para gustarte.
Cena con amigas, ríe con compañeras de trabajo. Crea complicidad. Y reparte amabilidad, qué chulo es tu corte de pelo, me encantan tus pestañas postizas.
¿Y esa sonrisa? ¿Tienes algo que contarme?
Y por favor… quiérete mucho.
Las cuarentañeras o cincuentañeras, sabemos que este paseo es corto, no hay tiempo para odiarse en cuerpo y alma. Sé buena contigo, tus hijas y sobrinas escuchan y observan atentas.
Y si te observas al espejo con canas, ojeras, estrías, cicatrices de mamas, cesáreas, tatuajes más perennes que amores caducos. Te sorprendes sonriendo.
Porque te ves hermosa.
Sabes que sólo te tienes a ti. Y en el fondo de tus ojos aún divisas aquella niña de trece años acomplejada que se ha convertido en una guerrera.
Un saludo a todos los que me leéis. Con cariño ♥, Miranda Trauma.
Artículo de opinión. Nada de traumatología, todo sororidad.
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Y he escrito un libro: Tengo los huesos desencajados.
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