El otro día prescribí a una paciente algo de lo más peculiar:
Dos horas libres a la semana.
Así, como suena, por orden facultativa. Dos horas libres a la semana para ella. Era la madre de un niño de doce años, a medida que me explicaba su día a día, hablaba entrecortada, sin tiempo para respirar: el trabajo, las tiendas, el coche, los desplazamientoes, los horarios, la casa, las comidas, la ropa, el cuidado del niño, las extraescolares.












